La jubilación es, en definitiva, el cese del trabajo pero no de actividad y ésta, a ser posible, ha de corresponderse con algún talento o hobby. “Si he trabajado de mecánico y una vez jubilado restauro un viejo coche me sentiré mucho más realizado que si me dedico a hacer los trámites que otros evitan”, apunta.

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Preparar psicológica y emocionalmente esta etapa y convertirla en un periodo de culminación depende especialmente de no perder el norte. La meta. El cese de la actividad principal remunerada equivale a tiempo que el jubilado ha de saber transformar para no verse ‘secuestrado’ por el mismo tiempo, la sensación de vacío y la ausencia de objetivos. “Marcarse un horario, cuidar nuestra imagen personal y pasar tiempo con gente con la que se comparten intereses son ejemplos de pautas a seguir”, valora Xavier Savin.

“El deseo de jubilarse suele ser superior entre las personas de 50 a 60 años que entre las de 64 a 65 años”

Otro consejo del experto: dar salida a las fortalezas. “Por ejemplo, asesorar o bien hacer parte de lo que esa persona solía hacer por el simple placer de ver el resultado y compartirlo con quienes le rodean”, apunta. Al final, parafraseando a Sigmund Freud, la salud es “la capacidad de amar y trabajar”. O, como explica Savin en otras palabras: “No tener trabajo (ya sea por estar jubilado o desempleado) no implica perder todos aquellos hábitos beneficiosos para nuestro bienestar”.

Según la Organización Mundial de Salud, de los 350 millones de personas afectadas por la depresión en todo el mundo, más de un 12% son mayores de 65 años. Una cifra que pone de relieve la importancia de preparar emocionalmente esta etapa, clave para muchas personas que tras invertir años de dedicación dejan de percibirse como útiles para la sociedad y su entorno. Una sensación de pérdida que puede derivar en una crisis de autoestima y confianza.